Periodismo y Pensamiento


La SIP convoca al premio excelencia periodística 2014
Tomado de Reporteros Asociados del Mundo/ Miami. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) lanzó hoy la convocatoria a su concurso periodístico Premio Excelencia Periodística 2014. En el premio, que se convoca anualmente, participa lo mejor del periodismo continental. Publicaciones impresas y digitales, así como agencias noticiosas, de más de 33 naciones de las Américas y del Caribe postulan sus mejores trabajos en español, portugués e inglés al concurso, cuya fecha de cierre es el 15 de enero del 2014.
Los premios de la SIP constituyen una de las actividades emblemáticas de la organización. “La búsqueda de la excelencia siempre ha sido uno de los objetivos de la Sociedad Interamericana de Prensa. Una prensa seria, responsable y de alta calidad constituye un pilar imprescindible de una sociedad democrática. Precisamente, nuestro premio anual de periodismo promueve esos valores”, comentó Francisco Miró Quesada, de El Comercio de Lima y presidente de la Comisión de Premios. “La respuesta de los periodistas a nuestra convocatoria anual ha sido muy positiva. Cada año tenemos más postulaciones y su valía resulta indiscutible”, concluyó Miró Quesada.
El jurado evaluará los trabajos concursantes y elegirá a los diez finalistas y al ganador en cada una de las 12 categorías. Los ganadores, recibirán certificados y premios en efectivo durante la Asamblea General de octubre en Denver, Colorado. Las categorías son las siguientes: relaciones interamericanas, derechos humanos, cobertura noticiosa, crónica, periodismo en profundidad, fotografía, caricatura, infografía, opinión, diario en la educación, cobertura noticiosa en Internet y cobertura multimedia.
Se otorga, además, el Gran Premio SIP a la Libertad de Prensa a una persona u organización con logros significativos a favor de la causa de la libertad de prensa. Por lo general, los premios consisten en US$2000.00, placas y diplomas.
La SIP es una organización que reúne a más de 1,300 publicaciones, que incluyen editores, directores y otros profesionales que se han dedicado por más de 60 años a defender y nutrir la libertad de prensa en el Hemisferio Occidental.
La convocatoria y reglamento del concurso pueden obtenerse en el sitio web de la SIP, www.sipiapa.com. Para participar no es necesario pertenecer a la SIP.
Noviembre contra la impunidad
Tomado de Reporteros Asociados del Mundo/ Bogotá. El 23 de noviembre se conmemora el Día Mundial de la lucha contra la Impunidad. ”Este día marca el aniversario de la masacre de Ampatuan en el 2009, cuando 58 personas - incluidos 32 periodistas y trabajadores de los medios - fueron asesinados en Filipinas”.
Como en años anteriores, la FLIP se une a esta iniciativa de la red por el Intercambio Internacional por la Libertad de Expresión (IFEX). Por esto, durante todo el mes, la FLIP hará difusión de mensajes, cifras e información en general sobre el estado de la impunidad en casos de agresiones a periodistas en Colombia.
En Colombia, 63 de 142 asesinatos de periodistas han prescrito. Esto significa que, después de cumplidos 20 años desde la fecha de los hechos, el Estado no tiene posibilidades legales de condenar a los responsables. Durante el 2013, prescribieron cuatro casos y queda uno que posiblemente tendrá ese destino el 26 de diciembre.
Por otro lado, el caso de José Eustorgio Colmenares fue declarado crimen de lesa humanidad y por lo tanto, no prescribe. Sin embargo, el caso de Guillermo Cano, que ostenta la misma condición jurídica, ha sido una muestra de que aun con esta figura las investigaciones judiciales no avanzan.
El común denominador de la mayoría de casos prescritos y próximos a prescribir, es la falta de avances en la investigación previa y la identificación de posibles responsables por parte de la Fiscalía. Esto va de lado con una precaria gestión de la información de las autoridades judiciales: según el último informe anual de la FLIP, hay 42 expedientes de asesinatos que no tienen paradero conocido por parte de la Fiscalía, no se sabe qué pasó con ellos y no hay autoridad judicial que se haga responsable. 
En algunos casos en los que parece haber esperanza en la justicia, es cuestionable la lentitud en el trámite de los procesos. Después de seis meses de finalizado el juicio contra Ferney Tapasco y otros, por el asesinato de Orlando Sierra, todavía no existe sentencia; y el juicio contra José Miguel Narváez, por el asesinato de Jaime Garzón, inició pero no reporta mayores avances.
Preocupa también la falta de justicia en otras agresiones contra la prensa. Un ejemplo es la sorprendente decisión de la Corte Suprema de Justicia en la que declaró prescritos algunos delitos por los que se acusaba a Jorge Noguera, ex director del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) por interceptaciones ilegales contra periodistas. Además, durante el 2012 y lo corrido de este año se han reportado 125 amenazas contra periodistas, de las cuales no se conoce ninguna condena a la par que el Estado gasta alrededor de 7 millones de dólares anuales en la protección de periodistas.
La FLIP considera que es necesaria una concientización social sobre las graves consecuencias de la impunidad en las agresiones contra periodistas. Por esta razón, invitamos a hacer difusión de la información que se dará a conocer en redes sociales y página Web de la FLIP durante el mes de noviembre.





Discurso de Ricardo Calderón en los Premios Simón Bolívar


Discurso de Ricardo Calderón en los Premios Simón Bolívar


Bogotá, 29 de octubre de 2013

Nunca me había costado tanto escribir algo. Me gano la vida escribiendo. Pero siempre sobre los demás. Y por lo general los demás no se emocionan mucho con lo que escribo de ellos.
Soy reportero y la reportería brinda satisfacciones personales, pero pocos reconocimientos notorios.
Sobre todo en mi caso. Buena parte de mi carrera la he hecho en la revista Semana en donde entendemos el valor del trabajo en equipo y por eso nuestras investigaciones, reportajes y crónicas no suelen ir acompañadas de ninguna firma. La firma nunca puede mover al reportero. El verdadero combustible del reportero son los resultados.
La última vez que leí algo frente a un auditorio fue hace más de 30 años. Era alumno de primero de bachillerato y la profesora de español me pidió que leyera, con otros compañeros, una cosa absolutamente cliché: 'Desiderata'.
Llegado mi momento me congelé de la punta de la lengua a los pies. El compañero que me seguía en el turno de lectura tuvo que quitarme el papel de las manos y terminar mi parte. Ese día entendí que hablar en público no era mi fuerte. Hoy, después de tantos años, lo estoy reconfirmando.
Estar aquí hablando frente ustedes y recibiendo este premio tiene mucho de ironía. Lo primero que pensé, como muchos de ustedes, es que había que tener más de 50 años para recibir un Vida y Obra. Y que el paso del tiempo debía notarse no sólo en la carrera profesional sino en el cuerpo.
Ustedes pueden decir que es un concepto prejuicioso, y debe serlo. Pero es lo que yo creía.
Por eso cuando Silvia Martínez, desde la dirección del Premio Simón Bolívar, me llamó a comunicarme la decisión del jurado, me atormenté mucho. Puede ser que tenga más obra que vida.
Pero en ese momento, por primera vez, agradecí al cielo el hecho de al menos ser calvo.
Ironía también es que, por algunos minutos, el jurado me obliga a salir de un anonimato que he mantenido por muchísimos años. Y no me siento cómodo en éste ni ningún otro escenario público. Acepto este premio, que me saca de la comodidad de mi cueva, porque sé perfectamente que es un reconocimiento a la labor de docenas de reporteros que poblamos las redacciones y las calles de este país.
Muchos de ellos, especialmente en nuestras regiones, no habrían podido subir a este escenario a recibirlo si se lo hubieran ganado. En este país donde la prensa es acorralada por las presiones de los grupos delincuenciales y los poderes locales y nacionales, soy un privilegiado de estar acá. Por eso este premio no es mío. Es de todos los reporteros.
Venciendo mi natural timidez creo que es importante que las nuevas generaciones de periodistas, que pueden sentir la tentación de navegar sobre el oficio en la comodidad de la tecnología, oigan de mi voz, hoy y aquí, que estoy orgulloso de haber dedicado mis esfuerzos y los de quienes me han recibido en sus equipos, a trabajar en asuntos que han tenido algún impacto positivo en la sociedad.
Hablo de los desmanes en el Caguán. De la cómoda vida de los hijos de los jefes guerrilleros en el extranjero. De los dineros calientes en el fútbol. De los mafiosos que querían ser Pablo Escobar. De los privilegios en las cárceles militares. Del complot de paramilitares para desprestigiar a la Corte Suprema de Justicia. Y de los excesos que protagonizaron los jefes paramilitares en Santa Fe de Ralito.
Pero también de ponerle rostro a algunos de los políticos responsables de masacres y establecer el vínculo entre los episodios de orden público y la política. De igual forma de los acuerdos secretos de funcionarios del gobierno Uribe cuando arrancaba la negociación con los paramilitares. De la infiltración de las autodefensas y narcos en el DAS. Y de lo que el país conoció como el “escándalo de las chuzadas” de ese organismo de inteligencia de la Presidencia de la República.
Dediqué tiempo y energía a desenmascarar a algunos falsos héroes del Ejército que, amparados en sus medallas, fueron los responsables de esa macabra época que se conoce con el nombre de “falsos positivos”. No olvido la manera en que también algunos oficiales de Policía deshonraron el uniforme trabajando al servicio de los delincuentes llegando a torturar inocentes para recuperar botines que pertenecían a la mafia.
Me acuerdo de tantas historias que sé que muchos que terminaron tras las rejas, hoy estarían felices de que no me acordara.
Recuerdo por ejemplo que llegué a Semana después de un puñado de años de trabajar en otros sitios. Entré como periodista deportivo porque mi amigo Hernando Álvarez me dijo que había un cupo en una sección de la que yo solo conocía algo del asunto de la Fórmula Uno.
Era la época de Mauricio Vargas como director y la revista comenzaba a destapar el proceso 8.000.
Era una redacción muy pequeña y faltaba gente porque la realidad oscura del país era enorme para tan pocas manos. Jorge Lesmes y Edgar Téllez lideraban los investigaciones y comenzaron a ponerme tareas que debía cumplir siempre y cuando nunca dejara de entregar los artículos de deportes.
Así fue como terminé escribiendo sobre la Selección Colombia y Juan Pablo Montoya, pidiendo prestada una máquina de escribir en cualquier lugar, y mandando las cuartillas por fax a Fernando Gómez Garzón desde La Macarena, La Uribe, San José de Apartadó, Tumaco, Barrancabermeja o San Vicente del Caguán.
Seguí en esa mezcla de periodista deportivo y reportero de orden público hasta cuando Isaac Lee asumió la dirección y me separó para siempre del “Pibe” Valderrama y de Montoya. Y terminé de lleno en esto. Hoy con el respaldo y el apoyo de Felipe López y Alejandro Santos.
Esa es la historia. O, mejor dicho, una parte de la historia que veo que también la conoce el jurado, que no sé cómo y a qué horas se metió en el archivo de mi vida y esculcó en todos los rincones para decidir que se me entregara este premio que hoy, repito, recibo con profunda humildad y en el entendido de que es un premio para todos los reporteros de este país.
Digamos que soy, a pesar de civil, uno de los soldados desconocidos del periodismo: el desconocido que recibe el premio más conocido de Colombia.
Muchos colegas han caído en estos años. Y otros resisten las amenazas y las presiones de quienes han querido imponer la ley del silencio o del miedo. A todos los tengo en mente hoy.
De nuevo agradezco a Felipe y Alejandro por haber apoyado que esas y muchas otras historias se publicaran. Agradezco al jurado, a los organizadores del premio y a todos los colegas que sientan como suyo este reconocimiento.
Gracias de verdad por dirigir a mí el reflector durante unos minutos. Ahora les ruego que lo apaguen y me permitan volver a lo mío, que definitivamente no es recitar 'Desiderata'.
Muchas gracias.

Y nada pasa...


EL 3 DE MAYO, DÍA MUNDIAL DE LA libertad de Prensa, dijimos en este espacio que la última noticia de esa semana nos ponía casi (y por fortuna casi) de luto: Ricardo Calderón, jefe de investigaciones de la revista Semana, un hombre valiente que descubrió una multiplicidad de entuertos (entre ellos las interceptaciones ilegales que el DAS hizo a los malquerientes del gobierno pasado), había sufrido un atentado frustrado mientras iba al Tolima a hacer su trabajo.
Para entonces Calderón había hecho informes sobre las irregularidades en el centro de reclusión de Tolemaida: militares condenados por graves violaciones de derechos humanos viviendo allá como reyes, en una clara y frentera burla a la justicia de este país, a las víctimas, a la sociedad entera. Y así, mientras estaba en una de sus pesquisas, su carro fue baleado en medio de la carretera, salvándose de la muerte por saltar al borde de ella. El automóvil recibió cinco impactos.
No sobra recordar que el par de sicarios que le dispararon no lo hicieron por coincidencia: lo llamaron por su nombre antes de emprender la balacera, así que tenían muy claro de quién se trataba. Y de ahí para adelante: cómo se ganaba la vida, a dónde se dirigía, cuáles eran sus intenciones de viajar a Girardot y luego a Ibagué. No se necesita ser un genio para saber que a Ricardo Calderón iban a matarlo por su ejercicio periodístico. ¿Dónde está la libertad de prensa si una persona como él no puede desplazarse a plenitud por su propio país para cubrir los temas de los que después informará? Asusta mucho más, dijimos en ese entonces, lo que manifestó Alejandro Santos, director de Semana: “trabaja en temas de denuncias del Ejército”. ¿Quién está, entonces, detrás de todo esto?”. Al sol de hoy, medio año después, no tenemos la respuesta.
Y no somos nosotros, los medios de comunicación, los que debemos darla. Mucho menos podemos ponernos en la labor de juzgar y de hacer conjeturas cuando hay entidades especializadas del Estado que ya deberían haber dado en el blanco. En su momento, por supuesto, se hicieron anuncios grandilocuentes: el mismísimo presidente Juan Manuel Santos emplazó al director de la Policía Nacional para que se hiciera cargo personalmente de la investigación. El ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, dijo en Blu Radio palabras mayores, que sonaban a esperanza: “Si hay miembros de la Fuerza Pública implicados, será doloroso pero tendrán que pagar con todo el peso de la ley”. Palabras, palabras, palabras... Nada pasa.
Ya no es sólo el atentado frustrado del que fue víctima, sino el silencio del Estado, su falta de respuesta. Duele mucho más que la afrenta contra Ricardo Calderón se agrave por no haber justicia en su caso, por no saberse la verdad. ¿Hasta cuándo esperamos, entonces, señores?
Hace ocho días Calderón recibió el Gran Premio a la Vida y Obra Simón Bolívar, una distinción que merece y que en su discurso dedicó a todos los reporteros para que sientan como propio el reconocimiento que él recibió. Habló del anonimato del que salió por momentos a recibir este galardón y cerró pidiendo que apagaran el reflector que le apuntaban esa noche para que pudiera volver a lo suyo.
No podemos, sin embargo —al menos no del todo—, acceder a esa petición. Porque si bien su trabajo muchas veces lo desempeña, como dijo, desde el anonimato, hay quienes andan por ahí siguiéndole la pista, analizando lo que hace, sintiéndose perjudicados por las verdades que revela. Y la única forma que tenemos los periodistas de protegernos de este tipo de embates de la violencia es por medio de la visibilidad. Así que pedimos justicia en su caso. Pronto.


← Previous PageNext Page →

Noticias///Libros y Letras